martes, 17 de noviembre de 2015

Consumo: El consumidor consumido.



¿El consumo es una cosa positiva, que significa bienestar, o como algunos piensan, calidad de vida? O, por el contrario, ¿es simplemente una manera de destruir, una manera de contaminar?
El consumo es el uso de bienes y servicios para satisfacer las necesidades. Desde tiempos antiguos ha existido el comercio, la compra-venta de objetos, pero no se percibía como consumo. Precisamente, porque el verbo consumir, significa destruir. Desde el punto de vista económico, surge la industrialización, el marketing y el estudio del mercado. En España, en los años 50, surgió la sociedad de clases medias y la ideología de esa sociedad. Un ejemplo fue la adquisición del coche. ¿El coche era una necesidad vital? En algunos casos, puede. En otros solo era símbolo de que podías permitírtelo y de que habías “ascendido” en la pirámide de clases sociales y pertenecías a la clase social media.
¿Cuántas cosas, de las que tenemos ahora mismo, son necesarias para cubrir tus necesidades vitales? Sinceramente pienso que cuanto más tenemos, más queremos, y no porque lo necesitemos. En los últimos años no nos conformamos con nada, siempre queremos más. Nos dejamos engañar con que necesitamos, o creemos necesitar, por ejemplo, un móvil cada año –también porque las empresas se encargan de que el móvil que probablemente tienes ahora, dentro de unos meses te empiece a dar problemas, y dentro de 2 años te haya dejado de funcionar-
¿De verdad necesitamos todo esto? Somos esclavos del consumo. Antiguamente se consumía para sobrevivir. Actualmente, se consume para “vivir bien”, para no ser excluido de un grupo quizá. Para eso ha nacido la publicidad, para hacernos creer que necesitamos, a toda costa, el producto nuevo que se ha lanzado al mercado. Saben venderlo, saben crearnos una falsa necesidad de tenerlo en nuestras manos. ¿De verdad lo necesitas? No. Como todo ser humano, eres capaz de razonar, de discernir si de verdad lo necesitas o si, por el contrario, es un mero capricho, sean las razones que sean.
El consumo se confunde con tener calidad de vida. Pero, ¿sólo porque tengas más cosas, la mayoría de “marca”, tienes más calidad de vida que otra persona que no lo tiene?  La calidad de vida está muy lejos de ser mero consumismo, no se reduce a lo que puedo o no puedo tener. La calidad de vida es el empleo, la familia, tener un grupo de amigos, la salud, tu casa, tener educación… ¿Te puede dar eso el mercado? Yo creo que no. Las ganas de consumir y de “dar la talla” nos nubla la razón, y nos quita de disfrutar de todo lo que tenemos alrededor. Incluso, en algunos casos, nos puede llegar a entristecer o a frustrar no tener lo que el vecino tiene. ¡Todo por la sociedad y la publicidad dichosa!
“Tanto tienes, tanto vales” ¿Todo se resume en eso? Me niego a creerlo.

martes, 10 de noviembre de 2015

Alteridad y responsabilidad.



En la última entrada de este blog hablaba de la exclusión, que no es otra cosa más que la violación de la alteridad, la capacidad de ser otro. Existe otra palabra: Inclusión, que es la responsabilidad total por el otro, por el prójimo. 

Los seres humanos somos seres frágiles, como vasijas de porcelana que hay que cuidar bastante bien. Tenemos el mayor poder, el poder de las palabras, que puede construir a una persona o –desgraciadamente- destruirla. Una persona queda destruida, derrotada, cuando rompemos la alteridad. Hay 1001 maneras de destruir a alguien, y está causada por la ignorancia del otro, por el desconocimiento hacia la otra persona y por la confusión de creer que el otro es una extensión de nosotros mismos y que podemos manejarle como queramos. 

Pero, ¿cómo podemos superar esa ignorancia? ¿Cómo podernos darnos cuenta de la realidad y de la presencia real del otro? La respuesta es fácil: mirando. Sí, mirando. Para reconocer las cosas que hay a nuestro alrededor hay que mirar, ¿verdad? También hay que escuchar. Escuchar es una manera muy importante de ayudar. Es demostrarle a la otra persona que te das cuenta de que está, y no sólo eso, le demuestras a la persona que te interesa lo que le pasa y que quieres, de alguna manera, formar parte de ello. Escuchar y mirar, es acoger al otro. Es una donación, es irreversible. ¡No se puede mirar a alguien y querer recuperar la mirada! 

Una mirada, además, dice mucho. Dicen que los ojos son el espejo del alma. Cuando miras, te haces vulnerable. Por definición, vulnerabilidad es que puedes resultar herido -física o moralmente- de una forma muy fácil. Con una mirada, si te dejas mirar de verdad, las barreras internas que puedas tener se derrumban, inevitablemente. El otro te ve cómo eres realmente, sin máscaras, y puede que te sientas vulnerable, pero el ser mirada, ser vista por alguien más es muy gratificante.
Pero no siempre es así. Todos tenemos heridas –no sólo físicas- sino internas, que pueden ser descubiertas con una simple mirada. Y puede ser que a la otra persona no le guste esa herida, que se fije más en esa herida que en lo que eres de verdad. Puede afear tu imagen. 

Hacían alusión a la película “Cadena de favores” -una de mis pelis favoritas, he de añadir- en la que el profesor había sufrido un accidente en el que había quedado dañada parte de su herida. Todos miraban esa herida, menos un niño, que dejó de mirar la herida para empezar a ver el rostro. 

No somos nuestras heridas. Las heridas curan, dejan cicatrices, para recordarnos aquello que nos pasó y que nos hace crecer. Hablando de las máscaras, no debemos ocultar las heridas. Tarde o temprano esa máscara se convertirá en la segunda piel, y por miedo a que vean lo que hay debajo de ella, no podremos quitarla. Como aquel caballero que se enfundó en la armadura, queriendo agradar a su mujer y a su hijo, queriendo ser el mejor del mundo, y en su interior no era nada de eso, y cuando quiso quitársela no podía. (El caballero de la armadura oxidada, lectura muy recomendada)

Volviendo a las miradas, en las miradas se descubren cosas que no conocíamos. En las miradas acogemos al otro y nos hacemos vulnerables, permitiendo al otro que entre en nuestro ser y nos acoja también. Esa vulnerabilidad es la condición de amar al otro. Y, para mí, es una condición muy bonita. 

Seamos, pues, vulnerables para poder acoger al otro, para poder amarle y para que el otro pueda acogernos y amarnos también. 

“Sólo un yo vulnerable puede amar a su prójimo”.