En la
última entrada de este blog hablaba de la exclusión, que no es otra cosa más que
la violación de la alteridad, la capacidad de ser otro. Existe otra palabra:
Inclusión, que es la responsabilidad total por el otro, por el prójimo.
Los seres humanos somos seres frágiles, como vasijas de
porcelana que hay que cuidar bastante bien. Tenemos el mayor poder, el poder de
las palabras, que puede construir a una persona o –desgraciadamente- destruirla.
Una persona queda destruida, derrotada, cuando rompemos la alteridad. Hay 1001
maneras de destruir a alguien, y está causada por la ignorancia del otro, por
el desconocimiento hacia la otra persona y por la confusión de creer que el
otro es una extensión de nosotros mismos y que podemos manejarle como queramos.
Pero, ¿cómo podemos superar esa ignorancia? ¿Cómo podernos
darnos cuenta de la realidad y de la presencia real del otro? La respuesta es
fácil: mirando. Sí, mirando. Para reconocer las cosas que hay a nuestro
alrededor hay que mirar, ¿verdad? También hay que escuchar. Escuchar es una
manera muy importante de ayudar. Es demostrarle a la otra persona que te das
cuenta de que está, y no sólo eso, le demuestras a la persona que te interesa
lo que le pasa y que quieres, de alguna manera, formar parte de ello. Escuchar
y mirar, es acoger al otro. Es una donación, es irreversible. ¡No se puede
mirar a alguien y querer recuperar la mirada!
Una mirada, además, dice mucho. Dicen que los ojos son el
espejo del alma. Cuando miras, te haces vulnerable. Por definición,
vulnerabilidad es que puedes resultar herido -física o moralmente- de una forma
muy fácil. Con una mirada, si te dejas mirar de verdad, las barreras internas
que puedas tener se derrumban, inevitablemente. El otro te ve cómo eres
realmente, sin máscaras, y puede que te sientas vulnerable, pero el ser mirada,
ser vista por alguien más es muy gratificante.
Pero no siempre es así. Todos tenemos heridas –no sólo
físicas- sino internas, que pueden ser descubiertas con una simple mirada. Y
puede ser que a la otra persona no le guste esa herida, que se fije más en esa
herida que en lo que eres de verdad. Puede afear tu imagen.
Hacían alusión a la película “Cadena de favores” -una de mis
pelis favoritas, he de añadir- en la que el profesor había sufrido un accidente
en el que había quedado dañada parte de su herida. Todos miraban esa herida,
menos un niño, que dejó de mirar la herida para empezar a ver el rostro.
No somos nuestras heridas. Las heridas curan, dejan cicatrices, para
recordarnos aquello que nos pasó y que nos hace crecer. Hablando de las
máscaras, no debemos ocultar las heridas. Tarde o temprano esa máscara se
convertirá en la segunda piel, y por miedo a que vean lo que hay debajo de
ella, no podremos quitarla. Como aquel caballero que se enfundó en la armadura,
queriendo agradar a su mujer y a su hijo, queriendo ser el mejor del mundo, y
en su interior no era nada de eso, y cuando quiso quitársela no podía. (El
caballero de la armadura oxidada, lectura muy recomendada)
Volviendo a las miradas, en las miradas se descubren cosas
que no conocíamos. En las miradas acogemos al otro y nos hacemos vulnerables,
permitiendo al otro que entre en nuestro ser y nos acoja también. Esa
vulnerabilidad es la condición de amar al otro. Y, para mí, es una condición
muy bonita.
Seamos, pues, vulnerables para poder acoger al otro, para
poder amarle y para que el otro pueda acogernos y amarnos también.
“Sólo un yo vulnerable puede amar a su prójimo”.
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