miércoles, 21 de octubre de 2015

Exclusión social



Desigualdad, pobreza y exclusión social son términos que nos resultan familiares, pero, ¿sabemos realmente que es? La desigualdad, obviamente, es una diferencia. Una diferencia injusta, que en nuestros días y desde hace tiempo, se basa en “Tú eres pobre para que yo pueda ser más rico”. Esto pasa porque existe una asociación de los commons, los bienes comunes. Un claro ejemplo es el denominado “impuesto al sol”, un peaje que tendrán que pagar aquellos individuos que posean placas solares para generar energía y así poder ahorrar un poco en las facturas de la luz. Otro ejemplo son los parkings de las terminales de los aeropuertos, los parkings “Premium”, que pagas más si estacionas más cerca de la puerta de la terminal. Como dijo el profesor, Fernando Vidal, es un robo. Y nosotros nos dejamos robar, porque no protestamos.

Karl Marx hablaba también de plusvalía, el beneficio que obtiene el capitalista con la venta de mercancías producidas por el trabajador. La tendencia es que los sueldos de los trabajadores disminuyan, y en cambio, los salarios de los ricos sigan aumentando. A pesar de que sufrimos una crisis económica desde 2008, desde el 2009 no ha dejado de crecer la compra de artículos de lujo. ¿Existe la desigualdad justa? Esa desigualdad es aquella que hace más iguales a todos. Pero hemos “elegido” la diferencia de uno hacerse rico a raíz de hacer al otro más pobre.

Pobreza: Escasez o carencia de algo para vivir. Se habla de dos tipos de pobreza: pobreza relativa, la cual define la pobreza como la condición de estar por debajo de un umbral establecido para la pobreza. Es la falta de recursos de algunas personas que el resto de la sociedad da por hecho, como por ejemplo la sanidad, la educación, el poder irse de vacaciones… Es una cesta básica. En cambio, la pobreza severa es, según la ONU, "una condición caracterizada por la privación severa de las necesidades básicas humanas, tales como alimento, agua potable, facilidades sanitarias, salud, refugio, educación e información. Esta depende no solo del ingreso sino también del acceso a los servicios”.
Pero la desigualdad no se basa solo en la economía, por eso utilizamos el término “exclusión social”. Existe exclusión social por sexo, por género… Un ejemplo de exclusión social por género es el caso de que las mujeres, por el simple hecho de ser mujeres, cobramos un 25% menos que un hombre. ¿Por qué? La razón es muy curiosa: Porque estamos preocupadas por cosas que no pertenecen únicamente al trabajo, como por ejemplo la enfermedad de algún familiar, las bajas por maternidad… Eso es lo que nos hace estar distraídas. ¡Pero qué sandez! ¡Como si los hombres no tuvieran preocupaciones o se distrajeran en su horario laboral! Eso sí, contratan más mujeres porque sale más barato. Así es el capitalismo, avaricioso. 

En España, un 14% viven en pobreza severa, un 24% viven en pobreza relativa, y al menos un 52% poseen un factor de exclusión. Uno de estos factores de exclusión más duro es el de las personas sin hogar. En Madrid hay 15 millones de euros destinados a las personas sin hogar. 5 millones de euros se gastan en las furgonetas que van dando vueltas por las calles de nuestra ciudad, y 2.5 millones se utilizan para mantener los centros abiertos. En total, se gastan 7.5 millones de euros únicamente para emergencias.
En Madrid podemos tener alrededor de 600 personas que viven en las calles, 12.500 euros al año son para emergencias. Lo mismo que cuesta una vivienda unipersonal incluyendo los gastos pagados de comida y con una visita a la semana de un voluntario.

Quiero hablar de este magnífico proyecto que ayer nos presentó Fernando Vidal, presidente de RAIS fundación. RAIS fundación es una entidad de iniciativa social, no lucrativa, creada en 1998 que trabaja en varias comunidades autónomas del país. El principal objetivo de esta fundación es luchar contra la exclusión social y ayudar a las personas más desfavorecidas, especialmente las personas sin hogar.
En los albergues la movilidad de personas sin hogar es forzada, ya que solo puedes permanecer en ellos unos días. Debes llegar a las 18.00 para marcharte a la mañana siguiente a las 7.00, hacer una larga fila para esperar a entrar a los comedores sociales o para acceder a los roperos. Pero, ¿hay alguna alternativa?

Housing First, primero la vivienda, es un proyecto creado por el psicólogo Sam Tsemberis. Su idea principal es que la vivienda es lo primero que debemos facilitar a las personas sin hogar, incluyendo la ayuda necesaria para que puedan permanecer en ella. En RAIS fundación se llama Hábitat, y está basado en la idea de Sam Tsemberis. ¿Por qué este proyecto? ¿No pueden hacerse cargo los familiares?
La mayor parte de las personas que se encuentran en la calle están ahí por motivos familiares. Estas personas sufren el denominado “síndrome de la ostra”. Las personas sin hogar se esconden. Lo primero que sientes cuando sales a la calle a pedir es una tremenda vergüenza, pensando que la gente te va a mirar extrañado. Hasta que te das cuenta de que la gente, directamente no te mira, va mirando al suelo, te hace invisible.
No podía evitar acordarme de una mujer que se sienta a pedir en la puerta de mi parroquia. No mira al frente, no mira hacia arriba, sólo unas pocas veces la he visto mirar a las personas que pasan por delante de ella, y ellos parece que no se dan cuenta de su presencia. Quizá yo fuera una de ellas, hasta que yendo con una amiga vi que siempre la saludaba. Aunque no la diera nada de dinero, siempre la saluda con una sonrisa. Y decidí hacer lo mismo, porque que no puedas darle dinero no significa que la tengas que ignorar. Solo con una sonrisa y con un saludo, yo siento que esa mujer se alegra. En alguna ocasión, hemos hecho una actividad que llamamos “Operación bocata”, que consiste en hacer bocadillos y con un grupo de jóvenes –y a veces niños y personas un poco más mayores- ir por las calles de mi barrio, dárselo a las personas sin hogar que encontramos, hablamos con ellas y las invitamos a rezar a la parroquia y, si podemos, invitarles a un chocolate caliente.

Volviendo a hablar de este proyecto, el actor Richard Gere –sí, aquel actor de películas como Oficial y caballero o Pretty Woman que ha estado en España haciendo una visita sorpresa a su novia española, como recogen la mayoría de las revistas del corazón de nuestro país- ha colaborado en este proyecto. Estuvo durante 2 meses haciéndose pasar por una persona sin hogar en NYC, y durante 2 meses nadie se le acercó. Hasta que un día, mientras rebuscaba en la basura –claramente había en un cubo comida que había colocado la directora del corto-documental- una señora se le acercó y le entregó una bolsa. Una turista francesa. ¡Ni siquiera era neoyorquina! ¿Qué nos está pasando? 

En el proyecto Hábitat, al facilitar la vivienda a una persona sin hogar, la autoestima del individuo va cambiando. Por ejemplo: Si una persona tiene un problema con el alcohol, al tener vecinos ahora es capaz de dejar de beber. Solo por el hecho de tener un techo en el que refugiarse, un hogar al que ir, se ve capacitado a dar un paso más. Sus expectativas hacia la vida cambian. La mayoría tienen renta mínima, tarjeta de la seguridad social, tienen algo para hacer, algo para sentirse útil. El único requisito que piden es que respeten al vecindario, aporten el 30% de lo que tengan para la vivienda, ya que es una manera de responsabilizarse, y que acepten una visita semanal, aparte de una evaluación cada 6 meses.  Un 15% de las personas que están en este proyecto retoman la relación con sus padres y familiares. Un 35% mejoran dicha relación.

“Pero este proyecto es más caro que mantener un albergue, seguro” ¡Pues no! Aunque parezca un anuncio de publicidad de la teletienda, no lo es. 
En Housing First, cuesta solo 27€ al día, frente a los 35€ diarios que gastas en albergues. Pero no es solo el dinero, es la calidad de vida que se ofrece a la persona.
Sinceramente, ayer mientras veía el vídeo y leía un poco más sobre Hábitat, creo que es un proyecto que debemos apoyar y debemos dar a conocer a los demás. Necesitamos ayudar a aquellos que han perdido casas, trabajos y relaciones familiares y ahora se encuentran en la calle, desamparados y sin ningún lugar seguro donde acudir. 



No les ignoremos más. ¿Hablamos de cambio? Empecemos por ser mejores personas.

“Lo que hicisteis a estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Mt 25, 40.

martes, 20 de octubre de 2015

Construcción social de la realidad.



Mira a tu alrededor. Todo lo conoces, ¿verdad? Imagínate ahora que no conoces nada, que lo que hay a tu alrededor es nuevo para ti. ¿Qué sientes? Yo sentiría miedo, incertidumbre, inseguridad.

Para reducir esa incertidumbre nos vemos obligados a establecer unas pautas, que por habituación, se acabarán convirtiendo en rutina. Nos creamos unas expectativas que pueden satisfacernos o frustrarnos ante la acción que se repite. Esperamos que la experiencia repetida sea de una determinada forma, y si no es como nos hemos imaginado, sentimos una terrible frustración.
Esto nos pasa en las relaciones con los demás. La sociedad se construye de manera intersubjetiva, se construye con el otro. Cuando tú te relacionas con la otra persona, tienes expectativas sobre él. Esperas que sea amable, esperas que no te haga daño, esperas que sea acogedor… Casi todo se basa en el “espero que…” Solo de ese modo podemos reducir la incertidumbre que sentimos ante el desconocimiento de cómo es la otra persona. Pero, las llamadas relaciones secundarias, son aquellas en las que vas haciendo tipos, casi etiquetando como es una persona solo con verle. Vemos a alguien que va por la calle con “pintas” y, sin acercarnos a él y sin apenas conocerle, nos atrevemos a formarnos una imagen solo por un rasgo físico. Y solo cuando nos acerquemos a él y le conozcamos, seremos capaces de dejar esa imagen de lado, puesto que nuestra incertidumbre hacia lo desconocido se ha reducido, solo porque lo que esperábamos de él –en este caso lo que pensaríamos seguramente fueran cosas negativas- no se ha cumplido. En parte es normal que creemos una imagen de primeras, precisamente por miedo a como es la otra persona, porque no sabemos si va afectarnos de alguna manera, pero por otra me resulta injusto poner una “etiqueta” sobre alguien únicamente por un rasgo que hayamos visto.

Es debido a la repetición de experiencias por lo que pensamos así. Encaja con el perfil que hemos visto anterior, pero deberíamos fijarnos más en algo más profundo: la personalidad. La personalidad se considera una obra personal, pero también se considera una obra social. Recordemos que una institución es un regulador social y nos forman de tal manera que podamos asumir los roles correspondientes a nuestras posiciones sociales.
Asumir los roles, ¿no os recuerda a los actores que, sobre el escenario de algún teatro, deben aprender el rol de un personaje y meterse en su piel? A mí sí. Platón ya nos comparaba con marionetas con las que los dioses jugaban a su antojo, y Shakespeare decía que el hombre y la mujer son meros actores que no representan un único papel.

¡Y mejor! Si tuviéramos que representar un solo papel, sería demasiado aburrido, nos acabaríamos cansando y probablemente dejaríamos de disfrutar, dejaríamos de construir. Cada etapa por la que pasamos es un escenario, como por ejemplo nosotros ahora en la universidad, ejercemos el rol de estudiantes, y esperan algo de nosotros. Igual que nosotros esperamos algo de la persona que interpreta el papel del profesor. También nos pasa con la familia, los amigos, los políticos de nuestro país… Esperamos que cumplan nuestras expectativas y nos correspondan según su papel. Pero, ¿somos simples actores? Me resulta divertida esa metáfora. De esa forma, puedes ver la vida un poco menos aburrida de lo que puede ser, y es probable que disfrutes más haciendo las cosas que haces en tu día a día. 

Chaplin decía:
“La vida es una obra de teatro que no permite ensayos. Por eso canta, ríe, baila, llora. Vive intensamente cada momento de tu vida… antes que el telón baje y la obra termine sin aplausos”.

lunes, 12 de octubre de 2015

Infancia y adolescencia.


 
Infancia: Etapa de la vida en la que no podemos hablar. Es un tiempo en el que el sujeto no es hablador, no tiene autonomía, no trabaja, no tiene propiedades… Todavía no.
Me llama mucho la atención, pero es cierto, tratamos a los niños como seres en potencia; es decir, les tratamos y les amamos no por lo que son ahora, si no por lo que esperamos que sean. Problema. Creamos expectativas sobre lo que tienen que ser en vez de aceptar y querer lo que son. El niño va creciendo, va madurando, va aprendiendo. Percibimos a los niños como seres que no saben, que no tienen cultura, que solo piensan en el juego y que viven en un mundo de cuento, de mitos. Y lamentablemente, cuando crecemos, obligamos al hombre a dejar eso atrás. Necesariamente, hay un momento –o varios momentos- en nuestra vida en el que debemos volver a la infancia, debemos “volver a nacer”. La infancia es la condición de ser nada, no en el sentido de vacío, sino en el sentido de que en la infancia todo es posible. En la infancia esperamos todo del otro, pero sin exigencias. Confiamos en que el otro nos puede dar todo lo que necesitamos.
Una virtud muy valorada, en mi opinión, es la hospitalidad. La hospitalidad es “una virtud o cualidad que consiste en tratar bien, con amabilidad, al prójimo”. El niño acoge todo, sin discriminar. La hospitalidad está muy vinculada a la compasión y a la empatía, pero la hospitalidad también tiene su antítesis: las burlas y las humillaciones a otros que son iguales. El niño no comprende la capacidad de morir o matar, si un niño se burla de otro por algún defecto físico, no es consciente del sufrimiento que causa a la persona agredida. Lo cual también es un problema. En mi opinión, se debería ayudar a los niños a que aprendan la verdadera importancia de la hospitalidad, de tratar bien al otro y de no llegar a las humillaciones simplemente porque alguien pueda ser, físicamente, diferente a él. No como imposición, sino como algo que les va a servir para más adelante. Es en lo que consiste madurar, hacerse cargo del otro, importándole lo que pueda pasarle.
Algo que también es necesario resaltar y admirar en los niños es que, a pesar del sufrimiento, muchos de ellos son felices. ¿Por qué? Porque su alegría de vivir es más fuerte que lo que están viviendo. Podríamos y deberíamos aprender de ellos. Que las circunstancias de nuestra vida no nos quiten la alegría de vivir.
La infancia culmina cuando el niño tiene conciencia moral del bien y del mal y se da cuenta que debe asumir sus responsabilidades. Es en ese momento cuando se cierra una etapa para dar paso a otra: la adolescencia.
Esa etapa que, actualmente, se da en edades más tempranas y que poco a poco está dejando de existir. Cada vez son más los chicos y chicas que pasan de la infancia a casi la vida adulta. Les obligamos inconscientemente. La adolescencia está marcada por lo que comúnmente llamamos “la edad del pavo”, esa etapa en la que la persona está intentando encontrarse, pues ya no es un niño, pero tampoco es un adulto. Está como a mitad de camino, en el limbo. Se ve obligado a dejar parte de la infancia, a “darse de bruces” con la realidad, a encontrar su identidad. Todo lo que pase en la adolescencia es una influencia para esa búsqueda, para determinar su identidad y saber quién es. Pero, ¿se trata de encontrar o crear un nuevo “Yo”? No, se trata de reencontrarse consigo mismo. Cada vez se apoyan más en redes sociales, que lejos de ayudar les influencian negativamente, se fijan más en modelos y en estereotipos que impone la sociedad que probablemente no les sean sanos. La cosa es, que cada vez menos soportamos esos cambios. Encuentro cierta similitud con la infancia. En la infancia “educamos” al niño para que no irrite y no interrumpa nuestra tranquilidad, pero con el adolescente hacemos lo mismo. No soportamos sus cambios ni su rebeldía y para “evitarles” pasar por esa etapa –más bien, para evitarnos a nosotros las diferentes molestias de ver a un adolescente pasar por una crisis de identidad- les obligamos de cierta manera a comportarse como un adulto.
En la infancia, los niños suelen tener modelos para seguir, principalmente a sus padres. En la adolescencia también existen modelos a seguir. Solo que a veces no tienen capacidad para discernir si el modelo que siguen es bueno o malo para ellos, simplemente lo siguen porque se sienten identificados con ellos, buscan ser lo más parecido a ellos. Es por eso que hacen cosas que no son acordes a su edad: Quieren ser mayores, porque ellos mismos tampoco soportan la presión ni los cambios a los que se ven sometidos. Quieren enterrar al niño que ya no son.
Pero como decíamos antes, es necesario volver a ese niño, volver a conectar con esa frescura, con esa inocencia, con esa seguridad, con ese espíritu.

Es necesario dejar que el niño que llevamos dentro vuelva a nacer.