Mira a tu alrededor. Todo lo conoces, ¿verdad? Imagínate
ahora que no conoces nada, que lo que hay a tu alrededor es nuevo para ti. ¿Qué
sientes? Yo sentiría miedo, incertidumbre, inseguridad.
Para reducir esa incertidumbre nos vemos obligados a
establecer unas pautas, que por habituación, se acabarán convirtiendo en
rutina. Nos creamos unas expectativas que pueden satisfacernos o frustrarnos
ante la acción que se repite. Esperamos que la experiencia repetida sea de una
determinada forma, y si no es como nos hemos imaginado, sentimos una terrible
frustración.
Esto nos pasa en las relaciones con los demás. La sociedad
se construye de manera intersubjetiva, se construye con el otro. Cuando tú te
relacionas con la otra persona, tienes expectativas sobre él. Esperas que sea
amable, esperas que no te haga daño, esperas que sea acogedor… Casi todo se
basa en el “espero que…” Solo de ese modo podemos reducir la incertidumbre que
sentimos ante el desconocimiento de cómo es la otra persona. Pero, las llamadas
relaciones secundarias, son aquellas en las que vas haciendo tipos, casi
etiquetando como es una persona solo con verle. Vemos a alguien que va por la
calle con “pintas” y, sin acercarnos a él y sin apenas conocerle, nos atrevemos
a formarnos una imagen solo por un rasgo físico. Y solo cuando nos acerquemos a
él y le conozcamos, seremos capaces de dejar esa imagen de lado, puesto que
nuestra incertidumbre hacia lo desconocido se ha reducido, solo porque lo que
esperábamos de él –en este caso lo que pensaríamos seguramente fueran cosas
negativas- no se ha cumplido. En parte es normal que creemos una imagen de
primeras, precisamente por miedo a como es la otra persona, porque no sabemos
si va afectarnos de alguna manera, pero por otra me resulta injusto poner una
“etiqueta” sobre alguien únicamente por un rasgo que hayamos visto.
Es debido a la repetición de experiencias por lo que
pensamos así. Encaja con el perfil que hemos visto anterior, pero deberíamos
fijarnos más en algo más profundo: la personalidad. La personalidad se
considera una obra personal, pero también se considera una obra social.
Recordemos que una institución es un regulador social y nos forman de tal
manera que podamos asumir los roles correspondientes a nuestras posiciones
sociales.
Asumir los roles, ¿no os recuerda a los actores que, sobre
el escenario de algún teatro, deben aprender el rol de un personaje y meterse
en su piel? A mí sí. Platón ya nos comparaba con marionetas con las que los
dioses jugaban a su antojo, y Shakespeare decía que el hombre y la mujer son
meros actores que no representan un único papel.
¡Y mejor! Si tuviéramos que representar un solo papel, sería
demasiado aburrido, nos acabaríamos cansando y probablemente dejaríamos de
disfrutar, dejaríamos de construir. Cada etapa por la que pasamos es un
escenario, como por ejemplo nosotros ahora en la universidad, ejercemos el rol
de estudiantes, y esperan algo de nosotros. Igual que nosotros esperamos algo
de la persona que interpreta el papel del profesor. También nos pasa con la
familia, los amigos, los políticos de nuestro país… Esperamos que cumplan
nuestras expectativas y nos correspondan según su papel. Pero, ¿somos simples
actores? Me resulta divertida esa metáfora. De esa forma, puedes ver la vida un
poco menos aburrida de lo que puede ser, y es probable que disfrutes más
haciendo las cosas que haces en tu día a día.
Chaplin decía:
“La vida es una obra
de teatro que no permite ensayos. Por eso canta, ríe, baila, llora. Vive
intensamente cada momento de tu vida… antes que el telón baje y la obra termine
sin aplausos”.
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