Infancia: Etapa de la vida en la que no podemos hablar. Es
un tiempo en el que el sujeto no es hablador, no tiene autonomía, no trabaja,
no tiene propiedades… Todavía no.
Me llama mucho la atención, pero es cierto, tratamos a los
niños como seres en potencia; es decir, les tratamos y les amamos no por lo que
son ahora, si no por lo que esperamos que sean. Problema. Creamos expectativas
sobre lo que tienen que ser en vez de aceptar y querer lo que son. El niño va
creciendo, va madurando, va aprendiendo. Percibimos a los niños como seres que
no saben, que no tienen cultura, que solo piensan en el juego y que viven en un
mundo de cuento, de mitos. Y lamentablemente, cuando crecemos, obligamos al
hombre a dejar eso atrás. Necesariamente, hay un momento –o varios momentos- en
nuestra vida en el que debemos volver a la infancia, debemos “volver a nacer”. La
infancia es la condición de ser nada, no en el sentido de vacío, sino en el
sentido de que en la infancia todo es posible. En la infancia esperamos todo
del otro, pero sin exigencias. Confiamos en que el otro nos puede dar todo lo
que necesitamos.
Una virtud muy valorada, en mi opinión, es la hospitalidad. La
hospitalidad es “una virtud o cualidad
que consiste en tratar bien, con amabilidad, al prójimo”. El niño acoge
todo, sin discriminar. La hospitalidad está muy vinculada a la compasión y a la
empatía, pero la hospitalidad también tiene su antítesis: las burlas y las
humillaciones a otros que son iguales. El niño no comprende la capacidad de
morir o matar, si un niño se burla de otro por algún defecto físico, no es
consciente del sufrimiento que causa a la persona agredida. Lo cual también es
un problema. En mi opinión, se debería ayudar a los niños a que aprendan la
verdadera importancia de la hospitalidad, de tratar bien al otro y de no llegar
a las humillaciones simplemente porque alguien pueda ser, físicamente,
diferente a él. No como imposición, sino como algo que les va a servir para más
adelante. Es en lo que consiste madurar, hacerse cargo del otro, importándole lo
que pueda pasarle.
Algo que también es necesario resaltar y admirar en los
niños es que, a pesar del sufrimiento, muchos de ellos son felices. ¿Por qué?
Porque su alegría de vivir es más fuerte que lo que están viviendo. Podríamos y
deberíamos aprender de ellos. Que las circunstancias de nuestra vida no nos
quiten la alegría de vivir.
La infancia culmina cuando el niño tiene conciencia moral
del bien y del mal y se da cuenta que debe asumir sus responsabilidades. Es en
ese momento cuando se cierra una etapa para dar paso a otra: la adolescencia.
Esa etapa que, actualmente, se da en edades más tempranas y
que poco a poco está dejando de existir. Cada vez son más los chicos y chicas
que pasan de la infancia a casi la vida adulta. Les obligamos
inconscientemente. La adolescencia está marcada por lo que comúnmente llamamos “la
edad del pavo”, esa etapa en la que la persona está intentando encontrarse,
pues ya no es un niño, pero tampoco es un adulto. Está como a mitad de camino,
en el limbo. Se ve obligado a dejar parte de la infancia, a “darse de bruces”
con la realidad, a encontrar su identidad. Todo lo que pase en la adolescencia
es una influencia para esa búsqueda, para determinar su identidad y saber quién
es. Pero, ¿se trata de encontrar o crear un nuevo “Yo”? No, se trata de
reencontrarse consigo mismo. Cada vez se apoyan más en redes sociales, que
lejos de ayudar les influencian negativamente, se fijan más en modelos y en
estereotipos que impone la sociedad que probablemente no les sean sanos. La
cosa es, que cada vez menos soportamos esos cambios. Encuentro cierta similitud
con la infancia. En la infancia “educamos” al niño para que no irrite y no
interrumpa nuestra tranquilidad, pero con el adolescente hacemos lo mismo. No
soportamos sus cambios ni su rebeldía y para “evitarles” pasar por esa etapa –más
bien, para evitarnos a nosotros las diferentes molestias de ver a un
adolescente pasar por una crisis de identidad- les obligamos de cierta manera a
comportarse como un adulto.
En la infancia, los niños suelen tener modelos para seguir,
principalmente a sus padres. En la adolescencia también existen modelos a
seguir. Solo que a veces no tienen capacidad para discernir si el modelo que
siguen es bueno o malo para ellos, simplemente lo siguen porque se sienten
identificados con ellos, buscan ser lo más parecido a ellos. Es por eso que
hacen cosas que no son acordes a su edad: Quieren ser mayores, porque ellos
mismos tampoco soportan la presión ni los cambios a los que se ven sometidos.
Quieren enterrar al niño que ya no son.
Pero como decíamos antes, es necesario volver a ese niño,
volver a conectar con esa frescura, con esa inocencia, con esa seguridad, con
ese espíritu.
Es necesario dejar que el niño que llevamos dentro vuelva a
nacer.
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