lunes, 12 de octubre de 2015

Infancia y adolescencia.


 
Infancia: Etapa de la vida en la que no podemos hablar. Es un tiempo en el que el sujeto no es hablador, no tiene autonomía, no trabaja, no tiene propiedades… Todavía no.
Me llama mucho la atención, pero es cierto, tratamos a los niños como seres en potencia; es decir, les tratamos y les amamos no por lo que son ahora, si no por lo que esperamos que sean. Problema. Creamos expectativas sobre lo que tienen que ser en vez de aceptar y querer lo que son. El niño va creciendo, va madurando, va aprendiendo. Percibimos a los niños como seres que no saben, que no tienen cultura, que solo piensan en el juego y que viven en un mundo de cuento, de mitos. Y lamentablemente, cuando crecemos, obligamos al hombre a dejar eso atrás. Necesariamente, hay un momento –o varios momentos- en nuestra vida en el que debemos volver a la infancia, debemos “volver a nacer”. La infancia es la condición de ser nada, no en el sentido de vacío, sino en el sentido de que en la infancia todo es posible. En la infancia esperamos todo del otro, pero sin exigencias. Confiamos en que el otro nos puede dar todo lo que necesitamos.
Una virtud muy valorada, en mi opinión, es la hospitalidad. La hospitalidad es “una virtud o cualidad que consiste en tratar bien, con amabilidad, al prójimo”. El niño acoge todo, sin discriminar. La hospitalidad está muy vinculada a la compasión y a la empatía, pero la hospitalidad también tiene su antítesis: las burlas y las humillaciones a otros que son iguales. El niño no comprende la capacidad de morir o matar, si un niño se burla de otro por algún defecto físico, no es consciente del sufrimiento que causa a la persona agredida. Lo cual también es un problema. En mi opinión, se debería ayudar a los niños a que aprendan la verdadera importancia de la hospitalidad, de tratar bien al otro y de no llegar a las humillaciones simplemente porque alguien pueda ser, físicamente, diferente a él. No como imposición, sino como algo que les va a servir para más adelante. Es en lo que consiste madurar, hacerse cargo del otro, importándole lo que pueda pasarle.
Algo que también es necesario resaltar y admirar en los niños es que, a pesar del sufrimiento, muchos de ellos son felices. ¿Por qué? Porque su alegría de vivir es más fuerte que lo que están viviendo. Podríamos y deberíamos aprender de ellos. Que las circunstancias de nuestra vida no nos quiten la alegría de vivir.
La infancia culmina cuando el niño tiene conciencia moral del bien y del mal y se da cuenta que debe asumir sus responsabilidades. Es en ese momento cuando se cierra una etapa para dar paso a otra: la adolescencia.
Esa etapa que, actualmente, se da en edades más tempranas y que poco a poco está dejando de existir. Cada vez son más los chicos y chicas que pasan de la infancia a casi la vida adulta. Les obligamos inconscientemente. La adolescencia está marcada por lo que comúnmente llamamos “la edad del pavo”, esa etapa en la que la persona está intentando encontrarse, pues ya no es un niño, pero tampoco es un adulto. Está como a mitad de camino, en el limbo. Se ve obligado a dejar parte de la infancia, a “darse de bruces” con la realidad, a encontrar su identidad. Todo lo que pase en la adolescencia es una influencia para esa búsqueda, para determinar su identidad y saber quién es. Pero, ¿se trata de encontrar o crear un nuevo “Yo”? No, se trata de reencontrarse consigo mismo. Cada vez se apoyan más en redes sociales, que lejos de ayudar les influencian negativamente, se fijan más en modelos y en estereotipos que impone la sociedad que probablemente no les sean sanos. La cosa es, que cada vez menos soportamos esos cambios. Encuentro cierta similitud con la infancia. En la infancia “educamos” al niño para que no irrite y no interrumpa nuestra tranquilidad, pero con el adolescente hacemos lo mismo. No soportamos sus cambios ni su rebeldía y para “evitarles” pasar por esa etapa –más bien, para evitarnos a nosotros las diferentes molestias de ver a un adolescente pasar por una crisis de identidad- les obligamos de cierta manera a comportarse como un adulto.
En la infancia, los niños suelen tener modelos para seguir, principalmente a sus padres. En la adolescencia también existen modelos a seguir. Solo que a veces no tienen capacidad para discernir si el modelo que siguen es bueno o malo para ellos, simplemente lo siguen porque se sienten identificados con ellos, buscan ser lo más parecido a ellos. Es por eso que hacen cosas que no son acordes a su edad: Quieren ser mayores, porque ellos mismos tampoco soportan la presión ni los cambios a los que se ven sometidos. Quieren enterrar al niño que ya no son.
Pero como decíamos antes, es necesario volver a ese niño, volver a conectar con esa frescura, con esa inocencia, con esa seguridad, con ese espíritu.

Es necesario dejar que el niño que llevamos dentro vuelva a nacer.

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